Mi cuerpo después de ti

5 de octubre de 2026

Vientre con estrías después del parto, en blanco y negro

No me gusta mi cuerpo después del parto.

Hay días en los que puedo decirlo sin correr inmediatamente a salvar la frase.

Sin añadir:

pero ha creado vida.

Sin obligarme a agradecerlo.

Sin decir que mis estrías son preciosas, que mis cicatrices cuentan una historia o que debería sentir orgullo por cada centímetro que cambió.

Hay días en los que simplemente no me gusta.

Y ya está.

Quizá necesitaba empezar por ahí porque hemos aprendido a hablar del cuerpo de una madre utilizando una palabra extraña:

recuperar.

Recuperar la figura.

Recuperar el peso.

Recuperar el abdomen.

Recuperarte.

Como si después de parir hubieras dejado tu antiguo cuerpo olvidado en alguna habitación del hospital y, si haces todo correctamente, alguien pudiera devolvértelo.

Pero nadie te explica qué ocurre cuando empiezas a sospechar que no va a volver.

Porque hay cuerpos que no se recuperan.

Se despiden.


Yo también tengo ropa guardada.

Por si acaso.

Qué expresión tan pequeña para guardar dentro una mujer entera.

Por si adelgazo.

Por si vuelvo a entrar.

Por si mi cintura regresa exactamente al lugar donde estaba.

Por si un martes cualquiera abro el armario y aparece ella.

Hay prendas que ni siquiera sé si me gustan ya.

Pero siguen allí.

Durante mucho tiempo pensé que guardaba una falda.

Ahora creo que guardaba una puerta.

Y detrás de ella estaba mi cuerpo anterior.

Mi vida anterior.

Yo antes de algunas cosas.

Por eso cuesta tanto tirarla.

No porque queramos recuperar una talla.

A veces lo que queremos comprobar es que todavía existe un camino de regreso.


Después de ser madre me he mirado muchas veces al espejo intentando reconocerme.

El cuerpo estaba allí.

Era mío.

Y al mismo tiempo tenía algo de territorio ocupado.

Había cambiado su geografía.

Pliegues donde antes no había.

Texturas.

Volúmenes.

Una piel que parecía saber cosas sobre mí que yo todavía no había terminado de entender.

A veces pienso en los árboles.

Cuando cortas un tronco aparecen los anillos.

Uno detrás de otro.

Una sequía.

Un invierno.

Un año de lluvia.

Una temporada en la que apenas creció.

Otra en la que tuvo agua suficiente.

El tiempo no pasa alrededor del árbol.

El tiempo se queda dentro.

Quizá por eso me recuerdan a nuestros cuerpos.

No porque las estrías sean bonitas.

No necesito que lo sean.

Un árbol tampoco necesita convertir sus cicatrices en decoración para justificar que están ahí.

Sus anillos son otra cosa.

Son un archivo.

La prueba física de todo el tiempo que consiguió atravesarlo.

Quizá mi piel también sea eso.

Un lugar donde el tiempo aprendió a escribir sin preguntarme.

Y algunas de esas frases no me gustan.

Pero siguen siendo mías.


Trabajo fotografiando mujeres.

Y después de tantos años mirándolas desde detrás de una cámara he descubierto algo extraño:

casi ninguna mujer se mira entera.

Nos miramos por partes.

La barriga.

Los brazos.

La papada.

Las piernas.

Aquello que sobresale.

Aquello que cayó.

Aquello que antes estaba en otro sitio.

Entramos delante de una cámara ya despedazadas.

Y después intentamos decidir qué fragmentos merecen aparecer.

Recuerdo a Ana.

Vino para fotografiarse dando el pecho a su hija.

La niña ya era mayor y aquella etapa estaba terminando. Quería guardar ese recuerdo antes de que se convirtiera precisamente en eso: un recuerdo.

Pero cuando empecé a fotografiarla, Ana se tapaba.

Cogía la tela y la subía.

Un poco más.

Luego otro poco.

Escondía su cuerpo mientras intentaba conservar uno de los momentos más íntimos que había vivido dentro de él.

Yo la observaba desde detrás de la cámara y solo podía pensar:

ojalá pudiera verse desde aquí.

Porque desde allí no veía kilos.

No veía centímetros.

Ni siquiera veía las partes que ella intentaba esconder.

Veía a su hija mirándola.

Y su hija no la estaba mirando por partes.

La miraba entera.

Levantaba los ojos hacia ella y se le iluminaba la cara.

Ana era alimento.

Era refugio.

Era olor.

Era pecho.

Era el lugar al que volver.

Era, durante aquellos minutos, prácticamente todo el universo de aquella niña.

Y mientras su hija intentaba acercarse todavía más a ella,

Ana intentaba ocupar menos espacio debajo de una tela.

Creo que nunca olvidé esa contradicción.

Nosotras miramos nuestros cuerpos y calculamos cuánto ocupan.

Nuestros hijos los miran y reconocen dónde está su casa.


Y entonces pienso en mi abuela.

Mi abuela tenía muchos kilos de más.

Lo sé.

Pero lo sé como se saben algunos datos que no tienen ninguna importancia dentro del recuerdo.

Porque cuando cierro los ojos no consigo recordar el tamaño de su cintura.

Recuerdo sus brazos.

Eso sí.

Recuerdo cómo abrazaban.

Fuerte.

De esos abrazos que no terminan cuando socialmente deberían terminar.

Recuerdo su olor.

Olía a magdalenas.

Recuerdo sentarme cerca de ella.

Su voz preguntándome:

—¿Cómo estás?

Y después:

—Cuéntamelo.

No recuerdo sus piernas.

No recuerdo su barriga cuando se sentaba.

No recuerdo cuánto pesaba.

Recuerdo cuánto pesaba su ausencia cuando dejó de estar.

Y quizá ahí entendí algo.

Mi abuela ocupaba muchísimo espacio.

Pero no en una silla.

En mí.

Hay cuerpos que desaparecen y, sin embargo, siguen ocupando habitaciones enteras dentro de nosotros.


Entonces pienso en mis hijas.

¿Qué recordarán del mío?

Quizá mis brazos.

Mi olor.

La piel de mi barriga.

Quizá recuerden haberse tumbado encima de ella sin saber que yo pasé años metiéndola hacia dentro delante de un espejo.

Y me resulta extrañísimo pensar que una parte de mí que para ellas puede significar hogar haya sido para mí durante tanto tiempo una habitación que intentaba mantener cerrada.

Pero tampoco quiero utilizar a mis hijas para obligarme a querer mi cuerpo.

No.

Eso sería otra orden.

Otra tarea.

Otra forma de hacerlo mal.

No quiero ponerme delante del espejo y repetirme que soy preciosa hasta conseguir convencerme.

Quiero algo menos espectacular.

Y bastante más difícil.

Quiero dejar de hablarle como si me debiera una disculpa.

Habrá días en los que me guste.

Otros en los que no.

Días en los que me vista y piense que estoy preciosa.

Y otros en los que me cambie tres veces y deje un pequeño cementerio de ropa encima de la cama.

Las dos mujeres existen.

No necesito expulsar a ninguna.


Durante mucho tiempo pensé que aceptar mi cuerpo significaría acabar enamorándome de él.

Ahora creo que estaba confundiendo aceptación con admiración.

No necesito admirarlo todos los días.

Hay cosas que echo de menos.

Hay ropa en la que probablemente nunca volveré a entrar.

Hay una mujer dentro de aquellas prendas a la que tampoco voy a recuperar.

Y quizá ya sea hora de dejar de mantenerle un armario por si vuelve.

Puedo echarla de menos sin despreciar a la que quedó.

Puedo mirar una fotografía antigua y pensar:

me gustaba ese cuerpo.

Sin que eso signifique:

odio este.

A veces un duelo no necesita una moraleja.

Necesita una despedida.


Fotografío mujeres que me dicen:

—No me saques esto.

—Desde aquí no.

—Tápame la barriga.

Y después veo entrar unas manos pequeñas en el encuadre.

Un niño que se agarra a esa barriga.

Una cabeza que se apoya exactamente en el lugar que su madre quería esconder.

Una hija mirando un cuerpo que todavía no ha aprendido a medir.

Y siempre pienso lo mismo:

qué diferente sería nuestra vida si pudiéramos vernos durante cinco minutos desde los ojos de alguien que nos quiere.

No para descubrir que somos perfectas.

Eso tampoco.

Sino para comprobar que probablemente llevamos años librando una guerra contra cosas que nadie recordará como nosotros creemos.

Mis hijas quizá no recuerden mis kilos.

Como yo no recuerdo los de mi abuela.

Recordarán si mis brazos eran casa.

Si escuchaba.

Si podían venir.

Si olía a algo que muchos años después las devolviera de golpe a la infancia.

Y entonces vuelvo al árbol.

A sus anillos.

A todo lo que quedó escrito dentro sin pedir permiso.

Durante años miré mi cuerpo pensando en todo el espacio que ocupaba.

Ahora pienso en mi abuela y entiendo que quizá estaba midiendo la cosa equivocada.

Porque un día este cuerpo tampoco estará.

Y las personas que me quisieron no recordarán sus centímetros.

Recordarán lo que ocurrió dentro de ellos.

Los brazos.

La piel.

Los abrazos.

La forma en que las sostuve.

Tal vez aceptar mi cuerpo después de ti no consista en recuperar el de antes.

Ni siquiera en conseguir amar este.

Tal vez sea comprender que mi cuerpo no es la fotografía final de quién soy.

Es el lugar por el que he ido pasando.

Mi archivo.

Mis inviernos.

Mis sequías.

Mis años de lluvia.

Y sí:

algunas veces todavía miro aquellos anillos y desearía que no estuvieran.

Pero ya no quiero borrarlos.

Porque he pasado demasiados años intentando ocupar menos espacio.

Y ahora sé, gracias a mi abuela, que cuando alguien nos ama de verdad,

el cuerpo acaba desapareciendo.

El espacio que ocupamos en ellos, no.

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