El duelo que no tiene nombre

5 de octubre de 2026

Retrato en blanco y negro con los ojos cerrados y el pelo sobre la cara

Perder un embarazo también es perder un hijo, aunque el mundo no haya llegado a conocerlo.

Para los demás tenías trece semanas.

Para mí tenías un nombre.

Supongo que ahí empieza la diferencia.

Porque trece semanas caben en un informe médico.

Un nombre, no.

Un nombre necesita futuro.

Necesita una voz llamándolo desde otra habitación. Una mochila en la entrada. Un plato más en la mesa. Un cuerpo creciendo hasta llenar unos zapatitos que alguien compró demasiado pronto.

Tú ya tenías unos.

Pequeños.

Vacíos.

Durante mucho tiempo pensé que lo más triste de aquellos zapatos era que nunca hubieras podido estrenarlos.

Ahora creo que lo más triste es otra cosa:

yo ya podía imaginar tus pies dentro.

• • •

Cuando un test da positivo nadie te explica que estás entrando en un territorio en el que quizá tengas que despedirte.

Yo no pensé que pudiera no haber latido.

Pensé en todo lo demás.

En si serías niño o niña.

En cómo sería cogerte por primera vez.

Sabía que lloraría cuando pudiera decir mi niño o mi niña.

Tenías un nombre precioso.

Grande.

Uno de esos nombres que parecen demasiado importantes para un cuerpo tan pequeño.

Pero yo quería darte precisamente eso.

Un nombre a la altura de la vida que imaginaba para ti.

Porque en trece semanas da tiempo.

Claro que da tiempo.

En trece semanas te enamoras.

En trece semanas proyectas una vida.

En trece semanas cambias números, habitaciones, horarios y futuros.

En trece semanas empiezas a convertirte en alguien que todavía no existe del todo.

Y entonces puedes caer desde allí.

• • •

Recuerdo la sala de espera.

Recuerdo mirar a las otras mujeres y sentir que no tenía nada que ver con ninguna.

Había gente hablando.

Niños caminando de un lado a otro.

Ruido.

Y yo frotaba mis manos.

Después las hundía entre mis piernas y encogía el cuerpo.

Me recogía.

Es curioso.

A veces el cuerpo sabe el gesto que necesita mucho antes de que sepamos ponerle palabras.

Yo me estaba abrazando sin saber que iba a necesitar que alguien lo hiciera.

Esperaba aquella ecografía con ilusión.

Me habían dicho que quizá todavía era pronto.

Trece semanas.

Pero yo quería saber quién eras.

Y entonces entré.

• • •

No hay latido.

Tres palabras.

Una negación.

Un verbo.

Y un nombre.

Latido.

La palabra que hasta ese momento significaba vida.

No hay latido.

Lo dijeron y el mundo siguió funcionando.

Eso es algo que nunca he entendido de las tragedias.

Su poca capacidad para detener las cosas.

Una puerta continúa abriéndose.

Alguien contesta un teléfono.

En recepción imprimen otro papel.

Fuera los coches siguen parando en los semáforos.

Y tú acabas de descubrir que el futuro que llevabas trece semanas construyendo ya no existe.

Pero aquellas tampoco fueron las últimas palabras.

Después vinieron las explicaciones.

La medicación.

Las contracciones.

El dolor.

Que estuviera acompañada.

Que tomara codeína.

Que mi cuerpo tendría que expulsarte porque no sabía hacerlo solo.

Hay momentos en los que alguien te explica instrucciones mientras tú estás viviendo en otro idioma.

Yo asentía.

Creo.

No lo recuerdo.

Lo que recuerdo es pensar que nada podía doler tanto como aquellas tres palabras.

Me equivocaba.

• • •

Pasaron horas.

Y después ocurrió.

La bolsa salió cuando menos lo esperaba.

Y estabas tú.

Te vi.

Te cogí.

Estabas caliente.

Hay recuerdos que con los años pierden los bordes.

Ese no.

Ese sigue teniendo temperatura.

No sé cuánto tiempo pasó.

No sé qué hice exactamente después.

Solo sé que durante unos segundos el mundo entero cabía entre mis manos.

Y que eras demasiado pequeño para todo el amor que ya te había puesto encima.

Nadie me había preparado para sostener a alguien a quien nunca podría sostener de nuevo.

¿Cómo se prepara una persona para eso?

¿Cómo se aprende a despedirse de alguien al mismo tiempo que acaba de conocerlo?

• • •

Gemma estaba conmigo.

Y todavía hoy le doy las gracias por acompañarme hasta un lugar donde pudimos despedirnos.

Juntas.

Buscamos un sitio alto.

Lo más alto que pude encontrar.

No sé por qué necesitaba que fuera allí.

Quizá porque cuando no sabemos dónde poner a nuestros muertos inventamos geografías.

Yo necesitaba pensar que cuanto más arriba estuvieras, menos distancia habría hasta las estrellas.

Te enterramos allí.

Y lloré.

Y durante un rato pude hacer algo con todo aquello que no sabía dónde colocar.

Ponerte en la tierra.

Taparte.

Decirte adiós.

Aunque nunca haya sabido hacerlo del todo.

• • •

Porque después ocurre algo extraño.

El mundo empieza a olvidarse antes que tú.

Primero preguntan.

Después preguntan menos.

Después llega un lunes cualquiera.

Hay que trabajar.

Contestar mensajes.

Comprar comida.

Hacer lavadoras.

Y un día descubres que aquello que partió tu vida en dos solo sigue ocurriendo dentro de una casa.

Entonces empiezan algunas frases.

Al menos sabes que puedes quedarte embarazada.

Ya tendrás otro.

Era muy pronto.

Solo eran trece semanas.

Y después, cuando llegaron tus hermanas:

Por lo menos tienes a tus hijas.

Sí.

Tengo hijas.

Las amo con una violencia que no sé explicar.

Y precisamente por eso sé que una persona no sustituye a otra.

Ellas no llegaron para ocupar tu lugar.

Porque el amor no funciona como una habitación en la que, cuando alguien sale, puede entrar otra persona y utilizar la misma cama.

Cada hijo construye su propia habitación dentro de una madre.

La tuya sigue aquí.

• • •

Con los años dejé de hablar de ti.

No porque dejara de pensarte.

Dejé de hablar porque llega un momento en el que notas que tu dolor incomoda más de lo que conmueve.

Habían pasado demasiados años.

Ya tenía hijas.

Ya estaba bien.

Eso parecía.

Pero hay una fecha en el calendario que todavía conozco.

Hay unos zapatos que alguna vez imaginé llenos.

Hay un nombre.

Tu nombre.

Y eso es lo que quizá nadie entiende cuando dice que solo eran trece semanas.

El tiempo que alguien estuvo no determina el espacio que dejó.

• • •

Hay algo más que nunca digo.

Porque sé cómo suena.

Porque sé lo que me responderían.

Pero este texto no quiere contar lo correcto.

Quiere contar lo verdadero.

Todavía pienso:

no lo hice bien.

No supe hacerlo mejor.

Te perdí.

Y hay una parte de mí que continúa creyendo que una madre debería haber sabido cómo impedirlo.

Sé que probablemente no tiene sentido.

Pero el duelo no siempre habla el idioma de las cosas que tienen sentido.

A veces habla con la voz de la culpa.

Y la culpa lleva años diciéndome que debería haberte protegido mejor.

Quizá algún día consiga contestarle.

Hoy todavía no siempre puedo.

• • •

En castellano tenemos palabras para casi todos los lugares que ocupa una ausencia.

Huérfano.

Viuda.

Viudo.

Pero no tenemos una palabra cotidiana capaz de nombrar a una madre después de perder un hijo.

Quizá porque hay pérdidas que incluso el lenguaje mira y no sabe dónde colocar.

Yo tampoco supe dónde colocarte.

Por eso quizá sigo escribiéndote.

Porque escribir también es hacer una tumba.

Una que nadie puede desenterrar.

Aquí puedes existir sin que nadie me diga cuánto tiempo estuviste.

Aquí no eres una ecografía en blanco y negro.

No eres un saco.

No eres una semana de gestación.

No eres una pérdida.

Eres tú.

Y yo me acuerdo.

Me acuerdo de ti aunque hayan pasado muchos años.

Me acuerdo aunque tengas hermanas.

Me acuerdo aunque haya dejado de pronunciar tu nombre delante de los demás.

Te quiero.

Y si existe algún lugar después de este, quiero pensar que algún día voy a encontrarte.

No sé cómo serás.

No sé si te reconoceré.

Pero me gusta pensar que tú sí.

Y probablemente lo primero que haga sea pedirte perdón.

Por no haberlo hecho mejor.

Por no haber sabido quedarte conmigo.

Por todas las veces que dejé de hablar de ti para que los demás estuvieran cómodos.

Y quizá entonces ocurra algo que llevo años necesitando.

Quizá pueda cogerte la mano.

La que imaginé tantas veces.

La que nunca llegó a llenar aquellos zapatos.

Y quizá comprenda por fin que para el resto del mundo tu historia duró trece semanas.

Pero para mí no.

Porque hay hijos que viven una vida entera fuera de nosotras.

Y hay otros que, por alguna razón terrible,

tienen que vivirla entera dentro.

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