Hoy he sentido paz en uno de los lugares más ruidosos y sucios que conozco.
Un lavadero de coches.
Estaba sentada en la sala de espera, intentando elegir la silla con menos manchas, cuando levanté la cabeza y vi un avión cruzando la ventana.
No sé adónde iba.
Me quedé mirándolo hasta que desapareció.
Y durante unos segundos sentí una calma extraña. De esas que no llegan porque todo esté bien, sino porque, por alguna razón, el ruido de fuera consigue callar el de dentro.
A mi alrededor todo funcionaba.
Un hombre recibía los coches.
Otro los enjabonaba.
Otro disparaba agua a presión.
Otro los secaba.
Uno entraba.
Otro salía.
Nadie tenía que preguntarse qué venía después.
Me pareció una máquina perfecta.
Perfecta y ruidosa.
Y pensé que últimamente mi vida se parece bastante a eso.
Me levanto.
Preparo desayunos.
Bajo escaleras.
Busco calcetines.
Antes de ponérselos ya estoy pensando en que la costura no quede justo donde sé que le molesta, porque conozco el milímetro exacto capaz de torcer una mañana.
Hubo un tiempo en que hacía tortitas.
A veces les dibujaba cosas. Cortaba las tostadas con formas. Corazones, creo.
Ahora algunos días abro un yogur.
Otros ni siquiera eso.
Lo dejo encima de la mesa y espero que pueda abrirlo ella.
Después miro la hora.
Llego tarde.
Últimamente llego tarde a casi todo.
Al trabajo.
A buscarlas.
A contestar mensajes.
A algunas conversaciones.
Hace tiempo que mi pareja y yo no hablamos de verdad. Hablamos de quién recoge, qué falta en la nevera, a qué hora hay que estar mañana, si queda leche.
Supongo que también existen relaciones que no se rompen.
Simplemente se convierten en logística.
Y entre una cosa y otra, yo sigo funcionando.
Bastante bien, de hecho.
Quizá ese sea el problema.
Porque cuando una máquina funciona nadie se pregunta cómo está la máquina.
Hoy, en el lavadero, me encontré con alguien a quien hacía mucho tiempo que no veía.
—Mía, ¿cómo estás?
Aparté los ojos del avión.
Sonreí.
—Bien. Súper bien. Las niñas están muy contentas.
Y seguimos hablando.
Tardé unos segundos en darme cuenta de que me había preguntado cómo estaba yo.
No ellas.
Yo.
Pero últimamente parece que mi respuesta viene incluida en la suya.
Si ellas están bien, yo estoy bien.
Si ellas duermen, ha sido una buena noche.
Si ellas comen, ha sido un buen día.
Si ellas son felices, supongo que yo también.
No sé exactamente en qué momento mi estado de ánimo empezó a conjugarse en plural.
Quizá la maternidad tenga algo de eso.
Te pasan un bebé y, sin darte cuenta, empiezas a entregar pequeñas parcelas de ti como quien deja monedas encima de una mesa.
El sueño.
El tiempo.
El cuerpo.
Las conversaciones.
El silencio.
La posibilidad de terminar un pensamiento sin que alguien diga mamá desde otra habitación.
Ninguna entrega parece demasiado grande por separado.
Por eso tardas tanto en darte cuenta de cuánto territorio has cedido.
Hace unos días me miré al espejo.
Yo llevaba flequillo.
Creo.
Durante años fue una de esas cosas que formaban parte de mi cara.
Ahora no sabría decir exactamente si sigo teniendo flequillo o simplemente pelo que ha crecido sin que nadie se ocupara de decidir qué hacer con él.
Parece una estupidez.
Pero a veces una desaparece de formas ridículas.
No siempre ocurre con una gran renuncia.
A veces desapareces en un flequillo.
En un café recalentado tres veces.
En una conversación que pospones.
En todas las veces que dices me da igual porque decidir una cosa más parece excesivo.
Y entonces aparece algo todavía más difícil de admitir:
yo quería esto.
Quería ser madre.
Tengo dos hijas a las que amo de una forma que todavía no sé escribir.
Tengo una amiga que lleva mucho tiempo intentando quedarse embarazada.
Yo pestañeé y tuve dos.
¿Cómo se explica entonces que algunas veces eche de menos mi vida anterior?
¿Cómo se dice sin parecer desagradecida?
Quizá por eso tardamos tanto en hablar de estas cosas.
Porque nos enseñaron que el agradecimiento y la pérdida no podían vivir en la misma habitación.
Que si amas profundamente lo que tienes, no deberías echar de menos lo que eras.
Pero el amor no funciona así.
Puedes amar una casa y seguir recordando la que derribaste para construirla.
Puedes mirar a tus hijos y saber, sin ninguna duda, que volverías a elegirlos.
Y aun así preguntarte dónde quedó aquella mujer que hizo la elección.
Porque yo no quiero volver atrás.
No quiero recuperar exactamente a la que era antes.
Esa mujer tampoco conocía a mis hijas.
No sabía cómo olía su pelo después de dormir.
No había aprendido que podía sostener a otra persona mientras ella misma se estaba cayendo.
No sabía todo lo que cabía dentro de su cuerpo.
Pero tampoco quiero que para ser su madre tenga que dejar de ser alguien.
Y creo que esa es la parte que más me cuesta explicar.
No echo de menos mi antigua vida.
Me echo de menos dentro de esta.
Quizá por eso hoy no podía dejar de mirar aquel avión.
Abajo todo seguía funcionando.
Agua.
Jabón.
Rodillos.
Coches entrando y saliendo exactamente por donde les correspondía.
Y arriba había algo que no seguía ninguno de aquellos raíles.
Algo pequeño cruzando el cielo hacia un lugar cuyo nombre yo no sabía.
Por primera vez en mucho tiempo pensé que quizá encontrarme no consiste en volver a ser la mujer que era antes de ser madre.
Quizá esa mujer ya no existe.
Y quizá tampoco quiero que exista.
Pero entre la que fui y la que todos necesitan que sea tiene que haber alguien más.
Alguien que todavía mira aviones.
Alguien que alguna vez hizo tortitas con forma de corazón.
Alguien que tiene cosas que decir antes de que le pregunten cómo están sus hijas.
No sé todavía quién es.
Solo sé que últimamente, cuando intento encontrarme, no reconozco del todo a la mujer que responde.
Y quizá por eso estoy escribiendo esto.
Porque durante mucho tiempo pensé que Yo soy otra significaba que había dejado de ser yo.
Ahora empiezo a sospechar algo distinto.
Quizá no desaparecí.
Quizá llevo años buscándome en la mujer que era,
cuando debería empezar a conocer a la que quedó después.
YO SOY OTRA.
Y por primera vez, no quiero que esa frase sea una pérdida.
Quiero que sea una presentación.

Deja tu comentario