Lo que no le
cuento a mi madre

27 de octubre de 2026

La mano de un bebé agarrada a la de su madre sobre su pecho, en blanco y negro

Anoche mi hija me llamó cuando ya había apagado la luz.

Otra vez.

Llevaba todo el día escuchando mi nombre. Desde el desayuno hasta la última cucharada de la cena. Mamá para encontrar unos zapatos. Mamá para abrir un yogur. Mamá para mirar un dibujo. Mamá desde el baño, desde el sofá, desde una habitación en la que acababa de entrar.

Hay días en los que mi nombre deja de parecerme mío.

Cuando por fin me tumbé, todavía tenía la mandíbula apretada. Me dolían los hombros. Había dejado ropa dentro de la lavadora y un vaso de agua sobre la mesita que llevaba horas esperando a que me lo bebiera.

—Mamá.

Cerré los ojos.

—¿Qué pasa, cariño?

—¿Puedes venir?

Durante unos segundos no me moví.

Y en aquella oscuridad, antes de levantarme, pensé en mi madre.

No sé exactamente por qué.

Quizá porque hay recuerdos que no necesitan una imagen para regresar. Les basta con encontrar una postura conocida del cuerpo. Una mandíbula tensa. Una puerta cerrada. Una niña llamando desde el otro lado.

Me levanté.

· · ·

Durante mucho tiempo pensé que las madres eran una especie de autoridad sobrehumana.

No porque fueran capaces de hacerlo todo, sino porque parecía que todo lo que hacían tenía una razón que los hijos todavía no éramos capaces de comprender.

Sus enfados.

Sus silencios.

Sus maneras de querer.

De pequeña una no dispone de demasiadas herramientas para interpretar a los adultos. Los observa. Aprende el sonido de sus pasos, el peso de sus llaves sobre la mesa, la diferencia entre una puerta que se cierra normalmente y otra que anuncia que es mejor no preguntar.

Los niños son extraordinarios aprendiendo idiomas que nadie les enseña.

Hay casas donde el cariño tiene un vocabulario muy pequeño.

Y una termina aprendiendo a hablarlo.

Durante años creí que crecer consistiría en comprender por fin todas aquellas cosas.

Que llegaría una edad en la que las piezas encajarían y podría mirar atrás sin sentir ese pequeño desplazamiento dentro del pecho.

Ahora soy adulta.

Tengo hijas.

Pago facturas, preparo cenas, me enfado por tonterías y algunas noches me siento en el borde de la cama preguntándome si estoy haciendo algo bien.

Y he descubierto algo que de niña me habría resultado inconcebible.

Mi madre también era una mujer.

Una mujer antes de ser mi madre.

Con una infancia que yo no conocí, deseos que quizá tuvo que guardar, decepciones, miedos, límites. Una mujer que seguramente hizo cosas que no quería hacer y dejó de hacer otras que deseaba.

Tenía derecho a sentirse cansada.

A tener prioridades.

A equivocarse.

A no saber.

Me ha llevado muchos años concederle una humanidad que, de alguna manera, yo había confundido con una absolución.

Porque hay una trampa extraña en hacerse adulta.

Cuando por fin comprendes que tus padres eran personas, parece que también debieras dejar de sentirte herida por lo que hicieron.

Como si entender el origen de una ausencia consiguiera llenarla.

Pero una puede comprender por qué una habitación estaba fría y seguir recordando el frío.

· · ·

Hay cosas que no le cuento a mi madre.

No le cuento cómo son mis hijas cuando se despiertan.

Cómo una se despereza ocupando toda la cama y la otra necesita unos minutos para volver al mundo.

No le cuento las palabras que inventan, las preguntas que me hacen mientras conduzco ni las discusiones absurdas que terminan con las tres riéndonos.

No le cuento que a veces me cuesta muchísimo ser madre.

Que hay tardes en las que deseo que llegue la hora de acostarlas y, cuando por fin se duermen, me quedo mirándolas con una tristeza que no sé explicar.

Tampoco le cuento que todavía hay momentos en los que me gustaría poder ser hija.

No para volver a ser pequeña.

Ni para regresar a ningún lugar.

Simplemente para dejar de sostenerlo todo durante un rato.

Hay días en los que me ocurre algo bueno y siento un impulso antiguo de contarlo. Dura apenas unos segundos. Después sigo haciendo lo que estaba haciendo.

Supongo que las costumbres también pueden sobrevivir a las personas que las originaron.

A veces pienso en todas esas conversaciones que nunca hemos tenido.

Las imagino acumulándose en algún lugar, como cartas que nadie ha abierto.

Durante mucho tiempo me pregunté qué ocurriría si algún día las dijera todas.

Si encontrara las palabras exactas.

Si consiguiera explicar sin enfadarme, sin llorar, sin parecer una niña reclamando algo que ya no corresponde a su edad.

Ahora no estoy tan segura de querer hacerlo.

Hay silencios que no esperan una respuesta.

Solo necesitan dejar de doler cada vez que los tocamos.

· · ·

Mi hija estaba sentada en la cama cuando entré.

Tenía el pelo pegado a la frente y la sábana enrollada entre las piernas.

—¿Qué pasa?

—Que no quiero que te vayas.

Me senté a su lado.

Le aparté un mechón de la cara.

—Estoy aquí.

No me pidió nada más.

Se acercó hasta encontrar el hueco entre mi brazo y mi costado y se acomodó como si conociera de memoria las medidas exactas de mi cuerpo.

Yo seguía cansada.

Seguía teniendo cosas pendientes.

Y, por un momento, sentí esa impaciencia que aparece cuando llevas tantas horas dando de ti que cualquier petición parece pedirte algo que ya no tienes.

No siempre respondo bien.

Hay noches en las que hablo demasiado alto. Días en los que contesto deprisa, con la cabeza todavía en el trabajo. Momentos en los que mis hijas reciben una versión de mí que tampoco me gusta.

A veces les pido perdón.

Otras veces tardo más de lo que debería.

No quiero que algún día recuerden una madre que nunca se equivocaba.

Quiero que recuerden que podían decirme que las había hecho sentir mal.

Que no tenían que protegerme de sus emociones.

Que una discusión no significaba perder mi cariño.

Me pregunto cuántas cosas habríamos podido decirnos si de pequeñas hubiéramos sabido que el amor podía soportar una conversación incómoda.

Quizá muchas.

Quizá ninguna.

No lo sé.

· · ·

Hay algo que les digo a mis hijas con frecuencia.

A veces mientras las abrazo. Otras cuando alguna ha hecho algo que sabe que no debía hacer y me mira esperando mi reacción.

Les digo que las quiero.

Y que las voy a querer siempre.

Pase lo que pase.

Incluso cuando me enfade.

Incluso cuando ellas se enfaden conmigo.

Incluso cuando hagan algo que no me guste.

Les explico que habrá cosas que tendremos que arreglar, consecuencias que asumir, palabras que pedir perdón por haber dicho.

Pero que ninguna de esas cosas pondrá en peligro mi amor.

La primera vez que se lo dije a mi hija mayor, me hizo una pregunta.

—¿Aunque haga algo muy malo?

—Aunque hagas algo muy malo.

Se quedó pensando.

—¿Muchísimo?

—Muchísimo.

Y entonces sonrió.

No fue una sonrisa extraordinaria.

Ni uno de esos momentos en los que una siente que acaba de enseñar una gran lección.

Sonrió como quien comprueba que una puerta está abierta y continúa jugando.

Yo, en cambio, me quedé un rato pensando en aquella pregunta.

En la necesidad de comprobar hasta dónde llegaba la promesa.

En lo fácil que resulta confundir la obediencia con el cariño cuando todavía eres demasiado pequeña para distinguirlos.

Hay niños que aprenden a pedir perdón porque comprenden que han hecho daño.

Y hay niños que aprenden a pedir perdón porque tienen miedo de dejar de ser queridos.

Por fuera el gesto se parece muchísimo.

Quizá por eso cuesta tanto descubrir la diferencia cuando ya eres adulta.

· · ·

No sé qué clase de madre habría sido yo en otras circunstancias.

No sé cómo habría criado a mis hijas si hubiera crecido con otras certezas, otros recuerdos, otra manera de entender el afecto.

Y tampoco sé qué habría hecho mi madre si hubiera tenido una vida distinta.

Durante años he intentado encontrar respuestas a preguntas que quizá nunca tendrán una.

Antes pensaba que necesitaba conocerlas para poder seguir adelante.

Ahora creo que hay una forma de aceptación que empieza precisamente cuando dejamos de exigirle al pasado que se explique.

Mi madre tuvo su vida.

Sus razones.

Sus posibilidades y sus límites.

Puedo respetarlos.

Puedo incluso comprender algunos.

Lo que ya no necesito es reducir mi propia experiencia para que la suya resulte más fácil de mirar.

Hubo cosas que me faltaron.

Decirlo no convierte a nadie en un monstruo.

Tampoco me convierte a mí en una hija ingrata.

Solo significa que hubo una niña que necesitó algo y aprendió a vivir sin ello.

Y que aquella niña creció.

Aunque algunas noches todavía se despierte dentro de mí.

· · ·

Mi hija pequeña tiene una costumbre.

Antes de dormirse, me coge la cara entre las manos.

Me obliga a acercarme y frota su nariz contra la mía.

Un beso esquimal.

Después me dice buenas noches, mamá, con una naturalidad que todavía consigue conmoverme.

Como si quisiera despedirse de alguien cuya presencia no necesita comprobar.

Mi hija mayor, en cambio, empieza a cerrar puertas.

Quiere hacer cosas sola.

Tiene opiniones que ya no se parecen a las mías.

A veces me lleva la contraria con una seguridad que me desarma.

Y aunque alguna discusión me deje agotada, hay algo en esa libertad que me emociona.

No necesita estar de acuerdo conmigo para sentirse segura a mi lado.

Puede enfadarse.

Puede decirme que no.

Puede ser distinta.

Me gustaría conservar eso incluso cuando crezca y nuestras diferencias sean más difíciles de resolver que una hora de acostarse.

Me gustaría que pudiera contarme las cosas que le den vergüenza.

Las que le salgan mal.

Las que crea que van a decepcionarme.

Y si alguna vez decide no contármelas, espero que sea porque necesita intimidad.

No porque tenga miedo.

· · ·

Anoche, cuando mi hija por fin se durmió, me quedé un poco más.

Tenía un brazo entumecido debajo de su cabeza.

La lavadora seguía llena.

El vaso de agua continuaba esperándome.

Podría haberme levantado antes.

Nadie me habría reprochado nada.

A veces necesito hacerlo. Necesito cerrar la puerta, descansar, recordar que también tengo un cuerpo y una vida fuera de la maternidad.

Pero aquella noche me quedé.

No porque una buena madre deba responder siempre.

Sino porque pude elegir.

Y pensé en la cantidad de veces que una infancia se construye así.

Sin grandes acontecimientos.

Con una puerta que se abre.

Una mano que aparta el pelo.

Alguien que vuelve cuando lo llamas.

No sé qué recordarán mis hijas de mí.

Seguramente muchas cosas que ahora ni siquiera imagino.

También mis errores.

Mis ausencias pequeñas.

Las veces que no supe escucharlas.

No puedo decidir todos sus recuerdos.

Pero sí puedo intentar que nunca tengan que preguntarse si mi cariño depende de lo bien que se porten.

Hay algo que me gustaría decirle a mi madre.

Que ahora comprendo que también fue una mujer intentando vivir su vida.

Que no necesito discutir con sus decisiones para reconocer sus consecuencias.

Que hay ausencias que una termina aceptando sin conseguir que dejen de ocupar espacio.

Y que ya no espero que encuentre las palabras que yo necesité escuchar.

Quizá nunca se lo diga.

Quizá estas páginas sean lo más cerca que estemos de aquella conversación.

Mi hija se movió entre las sábanas.

Abrió los ojos apenas un instante.

—Mamá, ¿estás?

Le acaricié la frente.

—Sí, cariño. Estoy.

Y entonces comprendí que llevaba toda la vida guardando una frase para mi madre.

Una frase que nunca había sabido cómo decirle.

Pero que mis hijas escuchan casi todas las noches.

No tienes que hacer nada para que me quede queriéndote.

Ya te quiero.

Y eso no está en discusión.

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