La soledad de estar acompañada todo el día

5 de octubre de 2026

Una madre amamantando en el baño mientras su otra hija se baña, vista desde la puerta entreabierta

Nunca me sentí tan sola como cuando llegó mi segunda hija.

Y resulta extraño escribirlo porque, precisamente desde entonces, casi nunca he vuelto a estar sola.

Siempre hay alguien.

Una mano buscándome por debajo de la camiseta.
Una cabeza apoyada sobre mi pecho.
Un pie encima de mi pierna mientras duermo.
Una voz llamándome desde otra habitación.

Mamá.

Mamá.

Mamá.

A veces pienso que la maternidad inventó una forma de soledad para la que todavía no tenemos una palabra.

Porque estar sola y sentirse sola son lugares completamente distintos.

Yo estaba acompañada todo el día.

Pero había días en los que nadie me encontraba.


Recuerdo perfectamente la llegada de mi segunda hija.

Durante mucho tiempo he dicho algo que, cuanto más lo pienso, más extraño me resulta.

Tuve a mi primera hija por amor a mi pareja.

Tuve a mi segunda por amor a mi primera.

Y no tuve una tercera por amor a mi primera.

Qué curioso.

En ninguna de esas frases aparecía yo.

Supongo que hay mujeres que desaparecen de golpe.

Yo lo hice gramaticalmente.

Dejé de ser el sujeto de mis propias decisiones y ni siquiera me di cuenta.

Quizá porque la maternidad rara vez te borra de una vez.

Lo hace despacio.

Con cosas pequeñas.

Con un ya voy yo.

Con un da igual.

Con un duerme tú.

Con un no pasa nada.

Hasta que un día alguien te pregunta qué quieres y descubres que llevas tanto tiempo respondiendo a lo que necesitan los demás que la pregunta casi te parece escrita en otro idioma.


Con mi segunda hija aprendí algo todavía más extraño.

Aprendí a llorar sin hacer ruido.

No sé cuándo adquirí esa habilidad.

Las lágrimas caían y yo seguía.

Preparaba una mochila.

Recogía un vaso.

Buscaba unos zapatos.

Contestaba un mensaje.

Ponía una lavadora.

No había ninguna escena.

Nadie habría entrado en aquella casa pensando: aquí hay una mujer desbordándose.

Porque yo seguía funcionando.

Creo que esa es una de las formas más perfectas de desaparecer:

seguir haciendo todo mientras te estás cayendo.

No culpo a mi pareja.

Eso sería demasiado sencillo.

Él estaba allí.

Me quería.

Hacía cosas.

Preguntaba cosas.

Pero hay derrumbes que ocurren hacia dentro.

Y desde fuera una mujer que continúa haciendo cenas, buscando pijamas y recordando citas médicas se parece muchísimo a una mujer que puede con todo.

Incluso cuando no puede.

Quizá yo misma había perfeccionado demasiado bien el truco.


También estaba WhatsApp.

Muchísimo WhatsApp.

Mensajes.

Grupos.

Audios.

Corazones.

¿Cómo vais?

Tenemos que vernos.

Qué grande está.

Disfrútalo, que pasa volando.

Y yo contestaba.

Sí.

Tenemos que vernos.

❤️

A veces podía pasarme una tarde entera hablando con personas y llegar a la noche con la sensación de no haber hablado con nadie.

Porque la conversación también puede llenarse sin contener nada.

Como esas casas con muchos muebles en las que, inexplicablemente, no encuentras dónde sentarte.


Antes las mujeres criaban rodeadas de otras mujeres.

No quiero romantizar aquello.

Seguramente también estaban cansadas. Seguramente también hubo madres solas en habitaciones llenas de gente.

Pero había brazos.

Ahora muchas veces criamos detrás de una puerta.

Una madre.

Un bebé.

Otro hijo.

Una pareja que llega cuando puede.

Una abuela que quizá dice:

—Pues yo tuve dos y hacía de todo.

Y una se queda pensando que quizá el problema es ella.

Que quizá las demás recibieron algún manual que a ti se te perdió entre las bolsas del hospital.

Entonces empiezas a callarte.

Porque cuando explicas que estás cansada alguien te recuerda que querías ser madre.

Cuando dices que necesitas espacio alguien te recuerda que crecerán muy rápido.

Cuando dices que no puedes más alguien te dice que aproveches.

Y poco a poco aprendes una cosa peligrosa:

que algunas verdades son más fáciles de sostener en silencio que defenderlas delante de los demás.


Mis amigas también siguieron viviendo.

Como tenían que hacer.

Algunas se fueron alejando.

O quizá fui yo.

Nunca sé muy bien quién se aleja primero cuando dos vidas empiezan a hablar idiomas diferentes.

Ellas podían quedar a una hora.

Yo tenía que calcular una pequeña operación militar para salir de casa.

Ellas me contaban cosas que habían ocurrido aquella semana.

Yo intentaba recordar qué día era.

No hubo ninguna pelea.

Ningún portazo.

Ninguna traición.

Simplemente empezó a crecer distancia entre nosotras.

Y descubrí que algunas amistades no terminan.

Se quedan viviendo en una versión anterior de ti.


Mientras tanto, yo conocía a mis hijas con una precisión casi animal.

Podía reconocer su respiración.

Su temperatura antes de ponerles el termómetro.

El tacto de su piel.

El olor de su cabeza.

El sudor.

Sabía cuándo una estaba a punto de despertarse por cómo cambiaba el peso de su cuerpo sobre el mío.

Las conocía incluso con los ojos cerrados.

Y aquí aparece una de las contradicciones que más me cuesta explicar.

Porque había días en los que llegaba a casa deseando sentir aquel cuerpo encima del mío.

La cogía.

Se acurrucaba.

Y algo dentro de mí bajaba el volumen.

Su peso me devolvía a tierra.

Su respiración regulaba la mía.

Era casa.

Y cinco minutos después sentía que si una sola gota más de sudor ajeno tocaba mi cuerpo iba a gritar.

Necesitaba espacio.

Piel que no tocara piel.

Aire entre mi cuerpo y cualquier otro cuerpo.

Y entonces llegaba la culpa.

¿Cómo puede darte paz exactamente aquello de lo que necesitas escapar?

Tardé mucho en entender que las contradicciones no invalidan el amor.

A veces son precisamente la forma que adopta cuando estamos agotadas.

La quería encima de mí y necesitaba quitármela de encima.

Las dos cosas eran verdad.

Quizá crecer como madre también consiste en aprender a sobrevivir a dos verdades que parecen enemigas sin obligar a ninguna a marcharse.


Y luego están las canciones.

En mi casa cantamos mucho.

Cantamos en la ducha.

Cantamos en el coche.

Cantamos en el baño.

Cantamos mientras recogemos.

Durante años pensé que simplemente éramos una familia que cantaba.

Ahora creo que yo estaba haciendo otra cosa.

Porque hay emociones que necesitan salir por la boca.

Y cuando no pueden convertirse en palabras buscan otra puerta.

Yo cantaba.

Cantaba cuando estaba contenta.

Pero también cantaba cuando quería llorar.

Cantaba cuando estaba saturada.

Cantaba cuando necesitaba cinco minutos sola y sabía que no los tendría.

Cantaba porque una canción tiene una ventaja maravillosa:

nadie pregunta por qué estás levantando la voz.

Quizá muchas veces no estaba cantando.

Quizá estaba gritando de una manera que no asustara a nadie.


Últimamente pienso mucho en quién soy.

De ahí sale este lugar.

YO SOY OTRA.

Durante mucho tiempo pronuncié esa frase como si estuviera hablando de una sustitución.

Como si en algún punto entre un embarazo, una noche sin dormir, un cuerpo pequeño encima del mío y cientos de desayunos hubiera desaparecido la mujer anterior y alguien hubiera ocupado su sitio.

Pero empiezo a pensar que no ocurrió así.

No vino otra mujer.

Me fui llenando de otras.

La que sostiene.

La que llega tarde.

La que sabe la temperatura de una frente con los labios.

La que quiere que la abracen.

La que no quiere que nadie la toque.

La que canta.

La que algunas veces canta para no gritar.

Todas viven aquí.

Y quizá mi soledad no nació de estar sola.

Nació de pasar tantos años acompañando a todo el mundo sin saber quién estaba acompañando a todas esas mujeres que había dentro de mí.

Por eso ahora, cuando alguna madre me dice:

«No entiendo por qué me siento tan sola si nunca estoy sola»,

no intento explicárselo.

Lo entiendo.

Hay una soledad que no necesita una habitación vacía.

A veces basta con que todo el mundo tenga un lugar dentro de ti

y que tú no sepas dónde sentarte.

Quizá por eso estoy escribiendo.

Para empezar a hacerme sitio.

Y quizá también para comprobar si al otro lado hay alguien.

Así que quiero preguntarte algo.

¿Cuál fue la primera vez que te sentiste sola siendo madre, aunque hubiera alguien contigo?

Te leo.

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