Nadie te avisa de que al ser madre puedes perder amigas.
Tampoco te avisan de algo bastante más incómodo:
que quizá tú ya habías perdido a alguna mucho antes de serlo.
Solo que entonces no te diste cuenta.
Yo tenía veinte años cuando mi amiga Gemma se quedó embarazada.
Iba a su casa a contarle mis desamores, mis problemas, aquellas cosas que a los veinte años parecían enormes porque todavía no conocía el tamaño que podían alcanzar otras.
Ella me escuchaba.
Y yo sabía que estaba embarazada.
Pero no sabía mirarla.
No sabía que la ecografía de las veinte semanas era importante.
No entendía que pudiera estar triste porque siempre había imaginado un niño y esperaba una niña.
No veía que su pareja apenas estaba presente.
No me preguntaba demasiado cómo estaba ella.
Yo pensaba que la acompañaba porque estaba allí.
Muchos años después entendí que estar al lado de alguien y saber estar a su lado son cosas completamente distintas.
Después fui yo la madre.
Y algunas conversaciones empezaron a quedarse pequeñas para todo lo que me estaba pasando por dentro.
Quería hablar de mi embarazo.
De mi bebé.
De mis miedos.
De una noche horrible.
De una tontería que para cualquiera era una tontería y para mí había ocupado las últimas ocho horas.
Pero empecé a sentir que aburría.
Así que aprendí a resumirme.
Bien.
Todo bien.
Sí, cansada. Ya sabes.
Qué cantidad de soledad cabe dentro de un «ya sabes» cuando sospechas que la otra persona no sabe.
Algunas amigas dejaron de llamar.
Pero yo también dejé llamadas sin devolver.
Hubo mensajes que abrí dando el pecho y jamás recordé contestar.
Planes a los que dije tantas veces que no que un día dejaron de proponérmelos.
Ellas no supieron entrar del todo en mi nueva vida.
Y yo tampoco supe salir muchas veces de ella para entrar en las suyas.
Por eso no quiero buscar culpables.
He estado en los dos lados.
Fui la amiga que no supo ver.
Y después fui la madre que esperaba desesperadamente que alguien mirara.
Han pasado ocho años.
Y ahora muchas de mis amigas son madres que conocí por mis hijas.
Qué poco romántico suena.
Madres del colegio.
Madres del parque.
Primero eres «la madre de».
Después compartes un café.
Una espera en la puerta.
Un cumpleaños.
Una conversación que empieza hablando de los niños y, sin saber muy bien cuándo ocurrió, termina hablando de ti.
Hasta que un día descubres que ya no necesitas que vuestros hijos sean amigos para saber que vosotras lo sois.
El otro día cenábamos varias juntas.
Una de nuestras niñas está pasando por un momento complicado.
A veces pega.
Y alguna vez quienes reciben son nuestros hijos.
No quiero endulzar esa parte.
Cuando hacen daño a tu hija, la consuelas.
Le explicas que nadie tiene derecho a pegarle.
Te preocupa.
Te enfada.
Pones límites.
Pero aquella noche ocurrió algo que llevo días pensando.
La madre de esa niña empezó a hablar.
No desde la justificación.
Desde el agotamiento.
Desde ese lugar terrible en el que una madre puede estar dándolo todo y seguir sin comprender por qué su hijo hace algo que hace daño a los demás.
Y empezó a llorar.
Yo estaba al otro lado de la mesa.
Mirando.
Una de las madres tenía a su hija junto a ella.
Precisamente una de las niñas a las que habían pegado.
Con una mano la consolaba.
Y entonces hizo algo con la otra.
Buscó la mano de aquella madre.
Y se la cogió.
Nada más.
No le dijo que no pasaba nada.
Porque sí pasaba.
No justificó lo que había hecho su hija.
No dejó de proteger a la suya.
Simplemente sostuvo las dos cosas a la vez.
Con una mano consolaba a su hija porque le habían hecho daño.
Con la otra sostenía a la madre de la niña que se lo había hecho.
Yo las miraba desde el otro lado de la mesa y pensé:
joder.
Eso sí que es amistad.
Quizá durante años entendí mal lo que significaba acompañar.
Pensaba que para estar al lado de alguien tenía que estar de acuerdo.
Que comprender una parte significaba traicionar la otra.
Que había que elegir.
Pero aquella mujer no eligió.
No dijo que pegar estuviera bien.
Tampoco convirtió a una madre desbordada en el comportamiento de su hija.
Pudo proteger a una niña sin abandonar a una mujer.
Tenía una verdad en cada mano y no soltó ninguna.
Y me pareció precioso.
Porque quizá la amistad adulta se parece mucho más a eso que a todas las cosas que yo creía.
No a hablar todos los días.
No a vivir exactamente la misma vida.
Ni siquiera a entender siempre lo que le ocurre a la otra.
A veces es simplemente saber reconocer cuándo alguien necesita una mano aunque tú tengas motivos para estar utilizando la otra.
Entonces pensé en las amigas que se quedaron por el camino.
En las que dejaron de llamar.
En las llamadas que yo tampoco devolví.
Y también pensé en Gemma.
En aquella chica embarazada a la que yo iba a contarle mis desamores sin comprender todo lo que podía estar ocurriendo al otro lado del sofá.
No siento que ahora tenga que castigar a aquella versión de mí.
Tenía veinte años.
No sabía.
Después me tocó sentarme en su silla.
Y aprendí.
Quizá por eso ahora no quiero decir que la maternidad me hizo perder amigas.
La maternidad cambió mi manera de entender la amistad.
Algunas personas se fueron.
Yo me fui de algunas.
Otras llegaron después.
Y algunas aparecieron disfrazadas de «la madre de una niña de clase» hasta que un día terminaron sabiendo cosas de mí que hacía años que no contaba.
Antes pensaba que una buena amiga era la que siempre estaba de mi lado.
Ahora pienso en aquella mesa.
En una niña llorando.
En otra madre llorando.
Y en una mujer en medio sosteniendo dos dolores que parecían contrarios.
Una mano aquí.
La otra allí.
Sin elegir a quién querer.
Y pienso que quizá crecer también era esto:
aprender que comprender a alguien no siempre significa darle la razón.
A veces significa simplemente no dejarla sola mientras intenta hacerlo mejor.
He perdido amigas siendo madre.
También he sido la amiga que no supo quedarse.
Y ocho años después he terminado encontrando amistad en lugares donde ni siquiera sabía que debía buscarla.
En un parque.
En la puerta de un colegio.
Al otro lado de una mesa.
Quizá algunas amigas se quedaron al otro lado.
Pero otras me enseñaron algo mucho más importante:
que una amistad no siempre consiste en estar en el mismo lado.
A veces consiste en ser capaz de estirar la mano hasta el otro.
Y quizá tuve que sentarme en muchas sillas para entenderlo.
YO SOY OTRA.

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