Durante mucho tiempo soñé con el mar.
No con la playa.
No con la arena ni con ese azul domesticado que termina siempre en una sombrilla.
Yo soñaba con el mar de verdad.
El que empieza cuando ya no haces pie.
El que no tiene esquinas.
El que, si nadas lo suficiente, consigue que la costa deje de parecer un lugar al que necesariamente tienes que volver.
Había noches en las que apoyaba la cabeza contra el cristal de la ventana y pensaba en él.
Recolzava el cap.
Me gusta más decirlo así.
Quizá porque en catalán recolzar también suena un poco a dejar el peso en alguna parte.
Y yo necesitaba dejar el mío.
Miraba a través del cristal y pensaba que debía de existir algún lugar lo suficientemente profundo como para que las cosas dejaran de alcanzarme.
Porque hay algo extraño en el agua.
Debajo del agua las voces cambian.
Los golpes llegan deformados.
El mundo continúa ocurriendo arriba, pero parece pertenecerle a otra persona.
Y yo llevaba demasiado tiempo queriendo que mi vida le perteneciera a otra persona.
· · ·
No quería morir.
Esta frase tardé años en entenderla.
Quería dejar de vivir de aquella manera.
Pero cuando llevas demasiado tiempo dentro del dolor, las dos cosas empiezan a parecerse.
El sufrimiento es muy malo dibujando puertas.
A veces solo encuentra una.
Y te convence de que detrás hay silencio.
Yo estaba cansada.
Pero cansada es una palabra ridícula para algunas cosas.
Estaba cansada de vigilar.
De anticiparme.
De sentir culpa.
De preguntarme constantemente qué había hecho mal.
De intentar convertirme en la persona adecuada para lugares en los que siempre parecía sobrar alguna parte de mí.
Había aprendido algo muy pronto:
hacer poco ruido.
Incluso respirando.
Hay casas, relaciones, épocas enteras en las que una aprende a respirar de una manera extraña.
Coges solamente el aire necesario.
No expandes demasiado el pecho.
No ocupas.
No molestas.
Hasta que un día ya no sabes si estás respirando bajito para sobrevivir o si simplemente has olvidado cuánto espacio necesitan tus pulmones.
Yo había olvidado el mío.
Y por eso pensaba tanto en el mar.
Porque allí abajo nadie podía pedirme que respirara menos.
Allí abajo, sencillamente, no tenía que respirar.
· · ·
Lo ensayé muchas noches.
No el final.
La profundidad.
Cada vez un poco más lejos.
Un poco más adentro.
Hay decisiones que no empiezan el día que las tomas.
Empiezan mucho antes.
Con pensamientos diminutos.
Con pequeñas concesiones.
Con una ventana.
Con una cabeza apoyada contra un cristal.
Con la fantasía de un lugar donde por fin nada duele.
Yo iba construyendo aquel mar dentro de mí.
Hasta que llegó una noche en la que sentí que podía nadar hasta allí.
No recuerdo haber sido valiente.
Durante mucho tiempo pensé que había reunido valor.
Ahora sé que probablemente ocurrió lo contrario.
Me había quedado sin miedo porque también me estaba quedando sin mí.
Y cuando una niña empieza a desaparecer por dentro, hay cosas enormes que pueden parecer sorprendentemente pequeñas.
Aquella noche busqué una manera de abrir el agua.
Y entré.
Salió mucha agua.
Durante un rato pensé que por fin había llegado suficientemente lejos.
Y conocí ese lugar que llevaba tantas noches imaginando.
El lugar sin bordes.
Sin mañana.
Sin explicaciones.
Sin tener que convertirme en nada para nadie.
Hay algo que necesito decir sobre ese lugar porque durante mucho tiempo lo recordé mal.
Lo confundí con paz.
Pero no era paz.
La paz permite quedarse.
Aquello quería que yo desapareciera.
Era el dolor después de haber aprendido a imitar el silencio.
Y yo todavía no sabía distinguirlos.
· · ·
Pero la marea me devolvió.
No hubo música.
No hubo una revelación.
Volví a aquella habitación.
Fría.
Volví al cuerpo.
Volví a tener peso.
Volví a tener manos.
Volví a tener bordes.
Limpié toda el agua.
Me vendé la mano.
Me levanté.
Y seguí.
Qué verbo tan poco espectacular para algo tan enorme.
Seguí.
Creo que durante años esperé encontrar una explicación mejor.
Algo que estuviera a la altura.
Una frase preciosa.
Una razón.
Pero sobrevivir algunas veces no se parece a una película.
A veces sobrevivir consiste únicamente en levantarte del suelo y descubrir, unas horas después, que sigue siendo martes.
· · ·
Lo que aquella niña no sabía es que acababa de sobrevivir también a todas las personas que todavía no conocía.
No conocía a mis hijas.
No sabía sus nombres.
No sabía cómo sería escuchar por primera vez la palabra mamá dirigida hacia mí.
No conocía el peso exacto de una niña dormida encima de mi pecho.
No sabía que algún día unas manos pequeñas buscarían las mías como si fueran un lugar seguro.
No había hecho muchas de las fotografías que haría.
No había conocido a muchas de las personas que terminarían sentándose delante de mí para contarme sus heridas.
No había escrito estas palabras.
No sabía que algún día escribiría:
YO SOY OTRA.
Aquella niña pensaba que había llegado al final de su historia.
Y lo terrible —y extraordinario— es que todavía no conocía a casi nadie que iba a vivir dentro de ella.
Ni siquiera me conocía a mí.
· · ·
Pero no quiero hacer trampas con el tiempo.
No quiero mirar hacia atrás desde esta vida y fabricar una moraleja.
Sobrevivir no convirtió todo lo que vino después en felicidad.
He vuelto a estar triste.
Muchísimo.
He sentido vacío.
He vuelto a tener días en los que existir pesa de una manera difícil de explicar a alguien que nunca ha sentido ese peso.
Y algunas veces vuelve el mar.
Esto también quiero decirlo.
Porque durante mucho tiempo me asustó reconocerlo.
Pensaba que si volvía a pensar en aquel lugar significaba que una parte de mí quería regresar.
Ahora creo que no.
Hay dolores que tienen memoria geográfica.
Cuando algo dentro de mí vuelve a romperse de una manera conocida, mi cuerpo recuerda el mapa.
Recuerda la ventana.
Recuerda la profundidad.
Recuerda aquel lugar donde una vez creyó que podría dejar de doler.
No porque quiera morir.
Sino porque hay dolores nuevos que saben pronunciar direcciones antiguas.
Y durante mucho tiempo confundí recordar el camino con querer recorrerlo.
No es lo mismo.
· · ·
A veces todavía sueño con nadar.
Pero ahora, cuando aparece el mar, intento preguntarme qué parte de mí está pidiendo agua.
Qué está cansado.
Qué lleva demasiado tiempo respirando bajito.
Qué dolor está intentando convencerme otra vez de que desaparecer y descansar son la misma cosa.
Porque ya conozco ese engaño.
Sé que el fondo no era descanso.
Sé que aquello que yo llamaba libertad era una niña tan herida que había empezado a imaginar su ausencia como la única habitación donde por fin cabría entera.
Y me da una ternura insoportable pensar en ella.
En aquella niña.
Apoyando la cabeza contra la ventana.
Ensayando profundidades.
Aprendiendo cada noche a nadar un poco más lejos.
Creyendo que el problema era que no sabía llegar suficientemente hondo.
Cuando quizá lo único que necesitaba era que alguien se sentara a su lado y le dijera:
puedes respirar aquí.
Todo el aire.
No tienes que hacerlo bajito.
· · ·
Durante años creí que sobrevivir significaba alejarme cada vez más de aquella noche.
Ahora creo que no.
Algunas tristezas todavía llegan con olor a sal.
Y cuando llegan, mi cuerpo recuerda la ventana.
La profundidad.
El camino.
Antes eso me asustaba.
Ahora sé que recordar el camino hacia un lugar no significa querer regresar a él.
Hay dolores que tienen memoria geográfica.
El mío recuerda el mar.
Pero también recuerda otra cosa.
La marea me devolvió.
Me devolvió a una vida que aquella niña todavía no conocía.
A unas hijas cuyos nombres todavía no sabía.
A unas manos que un día serían casa para otras manos.
A las fotografías que todavía no había hecho.
A las palabras que todavía no había escrito.
A todas las mujeres que todavía me faltaban por ser.
Y quizá por eso hoy entiendo de otra manera el nombre que elegí para este lugar.
YO SOY OTRA.
Durante mucho tiempo pensé que ser otra significaba haber perdido a todas las que fui antes.
Ahora sé que también significa esto:
que aquella niña consiguió llegar hasta una mujer que todavía no conocía.
Yo.
Aquella noche volví a tener bordes.
Tardé años en comprender que los bordes no eran una cárcel.
Eran la prueba de que todavía estaba aquí.
Y estoy.
Otra.
Pero estoy.

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