El primer día
que volví a trabajar

5 de octubre de 2026

Mía García fotografiándose en el espejo con su cámara

No recuerdo el primer día que volví a trabajar después de ser madre.

Quizá porque nunca volví.

Para volver a un lugar primero tienes que haberte ido.

Y yo soy autónoma.

Así que no hubo una mañana concreta en la que sonara el despertador, dejara a mi bebé en una guardería y condujera hasta una oficina intentando no mirar el móvil en cada semáforo.

No hubo un compañero preguntándome:

—¿Qué tal las vacaciones?

No hubo una puerta cerrándose detrás de mí.

Lo mío fue bastante menos visible.

El trabajo fue entrando poco a poco en mi maternidad hasta que acabó sentándose con nosotras en el sofá.


Trabajé con mi bebé encima.

Literalmente.

La porteaba mientras fotografiaba a otros bebés.

Recuerdo sostener la cámara mientras sentía su temperatura pegada a mi cuerpo.

Ese calor húmedo que dejan los bebés cuando llevan un rato dormidos contra ti.

Yo fotografiaba.

Ella respiraba.

Y cada cierto tiempo dejaba de escuchar lo que estaba ocurriendo delante de mí para comprobar lo que estaba ocurriendo encima.

Que no se despierte.

Lo pensaba constantemente.

Por favor, que no se despierte.

Y hay algo que todavía me resulta difícil de explicar de aquella escena.

Yo estaba trabajando con familias.

Con madres.

Con recién nacidos.

Estaba consolando bebés mientras rezaba para que el mío no necesitara ser consolado.

Acunaba a otro mientras el mío dormía pegado a mi pecho.

Decía:

—Tranquila, tenemos tiempo.

Mientras dentro de mí todo corría.

Qué contradicción tan extraña.

Mi trabajo consistía en respetar el ritmo de los bebés mientras yo intentaba que el mío cupiera dentro del ritmo de mi trabajo.


Cuando se habla de volver a trabajar después de la baja maternal siempre aparece una puerta.

La de la guardería.

La de casa.

La de la oficina.

Un bebé queda a un lado.

Una madre al otro.

Y después está el coche.

Ese primer trayecto.

El pecho todavía lleno.

El móvil mirado cada diez minutos.

La sensación absurda de que todo el mundo conduce como si no estuviera ocurriendo nada.

Porque eso quizá sea lo más extraño de volver a trabajar después de ser madre:

la magnitud de lo que te está pasando y la absoluta normalidad con la que el mundo lo recibe.

Has dejado a la persona que hace unos meses vivía literalmente dentro de tu cuerpo con otra persona.

Y hay tráfico.

Alguien toca el claxon.

En el trabajo hay correos.

Hay reuniones.

Hay alguien preguntando si puedes enviar algo antes de las doce.

El mundo no se detiene.

Ni siquiera reduce la velocidad.


Yo no tuve aquella puerta.

Durante mucho tiempo pensé que eso significaba que había tenido suerte.

Podía tener a mi bebé conmigo.

No tenía que dejarla.

Podía darle el pecho.

Podía sentirla respirar.

Y sí.

Había privilegio en aquello.

Pero también había algo de lo que casi nunca hablaba.

Si no dejas físicamente a tu bebé, parece que tampoco tienes derecho a sentir que estás renunciando a algo.

Y yo estaba agotada.

Intentaba ser madre mientras trabajaba.

Intentaba trabajar mientras era madre.

Y terminaba sintiendo que hacía las dos cosas a medias.

Si atendía a una clienta, sentía que estaba fallando a mi hija.

Si mi hija me necesitaba mientras trabajaba, sentía que estaba fallando a mi clienta.

No había un lugar en el que pudiera estar completamente.

Siempre había alguien esperándome en la habitación de al lado.

Aunque la habitación de al lado estuviera encima de mi propio pecho.


He llorado trabajando.

He colapsado.

He contestado mensajes con una mano mientras daba el pecho con la otra.

He editado fotografías con un bebé dormido encima.

He calculado sesiones pensando en tomas.

He deseado terminar de trabajar para estar con ella y, cuando por fin podía estar con ella, he deseado veinte minutos en los que nadie necesitara tocarme.

Y después venía la culpa.

La culpa tiene una habilidad extraordinaria para ganar siempre.

Si trabajas, porque trabajas.

Si no trabajas, porque deberías estar produciendo.

Si deseas estar con tu bebé, porque estás perdiendo tu identidad.

Si deseas estar sola, porque qué clase de madre desea estar lejos de su hijo.

La maternidad te entrega un examen cuyas respuestas se contradicen entre sí y después consigue que pienses que eres tú quien no ha estudiado suficiente.


Durante aquellos meses pensé muchas veces que el problema era mi organización.

Necesitaba una agenda mejor.

Horarios.

Rutinas.

Aprender a aprovechar las siestas.

Siempre había alguna versión más eficiente de mí esperando a la vuelta de la esquina.

Nunca llegaba.

Porque quizá el problema no era que yo no supiera organizarme.

Quizá estaba intentando meter dos vidas completas dentro de las mismas veinticuatro horas.

Trabajar como si no tuviera un bebé.

Criar como si no tuviera que trabajar.

Y dormir en algún lugar entre ambas cosas.

Ahora me parece hasta matemáticamente ofensivo.


Con el tiempo mi hija creció.

Y llegaron separaciones más evidentes.

Puertas.

Escuela.

Horas en las que yo no sabía exactamente qué estaba haciendo.

Y descubrí algo.

La culpa no desaparece necesariamente cuando compruebas que tu hijo está bien.

Porque muchas veces la culpa no habla de cómo está él.

Habla de quién creías que tenías que ser tú.

Yo había construido una madre imaginaria.

Una que llegaba a todo.

Que disfrutaba de cada etapa.

Que trabajaba.

Que estaba presente.

Que no miraba el reloj.

Que tenía paciencia.

Que no necesitaba escapar cinco minutos al baño.

Y durante años comparé a una mujer real, cansada y llena de contradicciones con una madre que no había existido nunca.

Era imposible ganar.


Ahora pienso en aquella versión de mí con mi bebé porteado.

En la cámara entre las manos.

En otro recién nacido delante.

En mi cuerpo pendiente de dos respiraciones.

Y ya no quiero decirle que debería haberse organizado mejor.

Quiero decirle otra cosa.

No estabas haciéndolo a medias.

Estabas intentando estar entera en dos lugares al mismo tiempo.

Y nadie puede.

Quizá volver a trabajar después de ser madre no consiste solamente en separarte de tu bebé.

A veces la separación ocurre dentro.

Una parte de ti necesita producir.

Otra necesita cuidar.

Otra echa de menos quién eras.

Otra no quiere perderse ni un segundo de quien acabas de conocer.

Y todas hablan a la vez.

Yo tardé mucho tiempo en entender que no tenía que decidir cuál de ellas era la verdadera.

Todas eran yo.

La fotógrafa.

La madre.

La mujer agotada.

La que quería trabajar.

La que quería cerrar el ordenador.

La que necesitaba dinero.

La que necesitaba tiempo.

La que algunas veces quería que nadie la necesitara durante diez minutos.

Durante mucho tiempo pensé que la maternidad me estaba partiendo en demasiadas mujeres.

Ahora sé que estaba conociéndolas.

YO SOY OTRA.

No porque dejara a mi hija al otro lado de una puerta.

Sino porque después de convertirme en madre nunca volví al trabajo siendo exactamente la misma que se había ido.

Aunque, técnicamente,

nunca hubiera podido irme.


Algunas preguntas que yo también me hice

¿Se pasa la culpa al volver a trabajar?

No sé si se pasa. La mía cambió cuando dejé de utilizarla como prueba de que estaba haciendo algo mal.

¿Es normal no querer volver a trabajar después de ser madre?

A mí me pasó. También hubo días en los que necesitaba desesperadamente trabajar para volver a encontrar una parte de mí.

¿Y si echo de menos a mi bebé pero también agradezco estar trabajando?

He sentido las dos cosas a la vez. Una no consiguió borrar la otra.

¿Cuándo vuelves a sentirte como antes?

Yo sigo esperando. Aunque hace tiempo que dejé de querer volver exactamente allí.

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