Cada vez que intento explicar quién soy, llego tarde.
La mujer que iba a describir ya se ha movido.
Durante mucho tiempo eso me incomodó. Miraba a otras personas definirse con una facilidad casi obscena: soy esto, me dedico a aquello, esta es mi manera de estar en el mundo.
Yo nunca he sabido quedarme quieta dentro de una palabra.
Quizá porque siempre he pensado que para decir soy delante de algo hay que haber llegado a algún sitio.
Y yo tengo la sensación de estar todavía llegando.
O quizá esa sea mi definición más exacta:
estoy definiéndome.
Soy autista.
Lo descubrí siendo adulta.
Hay palabras que cuando llegan tarde no vienen a contarte algo nuevo. Vienen a cambiarle el nombre a cosas que llevabas toda la vida creyendo que eran defectos.
Después llegaron también los números.
Un 47 % de discapacidad.
Durante un tiempo me pesaron.
Es extraño que algo tan inmenso como una persona pueda aparecer escrito en un papel seguido de un símbolo de porcentaje.
Cuarenta y siete.
Como si alguien hubiera conseguido medir cuánto me cuesta habitar determinados lugares.
Pero ningún número supo explicar que llevo toda la vida leyendo habitaciones antes de entrar en ellas.
Creo que esa es una de las cosas que mejor sé hacer.
Leer.
No solamente libros.
Leo atmósferas.
Ambientes.
Territorios.
Personas.
La manera en que alguien deja una taza sobre una mesa.
Lo que ocurre entre dos personas cuando ninguna está hablando.
Las manos.
Las ausencias.
El pequeño cambio de temperatura que queda en una habitación cuando alguien acaba de marcharse.
Hace más de diez años que trabajo haciendo fotografías.
Y quizá tardé demasiado en comprender que nunca elegí la fotografía solamente porque me gustaran las imágenes.
Elegí mirar.
Esperar.
Encontrar ese segundo diminuto en el que alguien baja la guardia y deja de enseñarme quién quiere parecer.
Quizá por eso también escribo.
La cámara y las palabras acabaron resultando ser dos maneras distintas de hacer la misma cosa:
intentar entender lo que estoy mirando.
Me gusta buscar la belleza.
Aunque no estoy segura de que belleza sea la palabra.
Me interesa especialmente aquello que está a punto de romperse.
La melancolía.
La tristeza.
Las cosas imperfectas.
La luz entrando por una ventana sucia.
Una cama deshecha.
Un cuerpo que ha cambiado.
Una mujer intentando reconocerse en un espejo.
Supongo que tengo la costumbre de acercarme a los lugares oscuros y esperar allí hasta que mis ojos se acostumbran.
Casi siempre aparece algo.
También soy madre.
Ya me voy acostumbrando a ese título.
Hay días en los que me queda enorme y otros en los que siento que no sé dónde termino yo y empiezan ellas.
Me siento mala madre muchas veces.
Más de las que probablemente debería admitir en una página que pretende presentarme.
Pierdo la paciencia.
Quiero estar sola.
A veces deseo silencio con la misma intensidad con la que, cuando por fin llega, echo de menos sus voces.
La maternidad me ha enseñado que dos sentimientos contrarios pueden ocupar exactamente el mismo cuerpo sin anularse.
Durante mucho tiempo dije que muchas de las cosas que hacía eran por ellas.
Ahora creo que no es del todo verdad.
Muchas las hago por mí.
Ellas no necesitan una madre convertida en sacrificio.
Yo necesito descubrir qué mujer existe cuando dejo de utilizar el amor como una manera de desaparecer.
Estoy aprendiendo a querer.
A cuidar.
A quedarme.
Y también a irme de algunos lugares.
Hay un mar que me acompaña desde hace muchos años.
No siempre tiene olas.
A veces parece incluso un día precioso.
Pero conozco su profundidad.
Durante mucho tiempo pensé que vivir consistía en aprender a nadar dentro de él.
Ahora creo que estoy intentando otra cosa.
Quiero salir del mar.
No por mis hijas.
Por mí.
Y quizá poder decir eso sea una de las formas más honestas que he encontrado de quererlas.
Escribo sobre maternidad, pero no creo que escriba solamente sobre ser madre.
Escribo sobre cuerpos.
Sobre infancia.
Sobre pérdida.
Sobre deseo, identidad, vínculos, memoria.
Sobre las cosas que heredamos sin saber que las estamos heredando.
Sobre las mujeres que desaparecen un poco para sostener a todo el mundo y después tienen que averiguar dónde se dejaron.
Y, sobre todo, observo a las mujeres.
Siempre vuelvo a ellas.
No sé si porque las respeto demasiado.
Porque intento comprenderlas.
O porque hay algo en mí que todavía anhela profundamente su cuidado.
Quién sabe.
Quizá escriba precisamente para averiguarlo.
No sé decir quién soy.
Y por primera vez no me parece un fracaso.
Soy la niña que fui y la madre que soy.
La que fotografía.
La que escribe aunque todavía le cueste llamarse escritora.
La que algunas mañanas sabe perfectamente hacia dónde va y la que otras vuelve a perderse.
La que ha pasado demasiados años intentando entenderse desde fuera y ahora empieza, por fin, a leerse desde dentro.
Por eso este lugar no se llama Quién soy.
Se llama YO SOY OTRA.
Porque cada vez que creo haber encontrado una definición que me contiene, algo en mí vuelve a moverse.
Y quizá no vine aquí para terminar de definirme.
Quizá vine a dejar constancia de todas las mujeres que voy siendo mientras lo intento.